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HYPATIA

DE AQUELLAS QUE FUERON QUEMADAS POR BRUJAS

LOS HECHOS

Eran tiempos convulsos. Guerras, hambre, pobreza, ignorancia, descontento social y un sinfín de sectas que surgían con gran fervor popular y se dirigían contra el monopolio de la riqueza y el poder que detentaban las clases gobernantes: nobleza e Iglesia. Hablo de la Edad Media. Hablo de la Europa de los siglos XIV al XVII, que fue escenario de la gran locura de las brujas.
La Iglesia y el Estado montaron una denodada campaña contra estas prácticas, cuyo resultado más inmediato consistió en que los pobres llegaron a creer que sus problemas eran producto de brujas y diablos en lugar de príncipes y papas. ¿Se moría vuestro hijo, abortó vuestra vaca, el granizo destruyó el trigo?. El vecino con fama de brujo. ¿Se acababa el trabajo, el salario disminuía, subían los precios, escaseaban los alimentos? ¿Nuevamente la peste y la hambruna?. Las brujas y sus reuniones con el diablo, que ya se sabe no traen nada bueno.
¿No parece tanto afán por aniquilar la brujería una maniobra encubierta para fomentarla?. El clero corrupto y la nobleza insaciable, quedaban libres de sospecha, aparecían como protectores de la humanidad y la causa de la depauperada situación en que vivía la población se atribuía a diablos y vecinos incómodos que debían dinero, tenían las vacas más hermosas, o sabían de partos y hierbas.

Pero ¿quiénes fueron mayoritariamente los chivos expiatorios?. El estudio de H.C. Eric Midelfort1 sobre 1258 ejecuciones por brujería en el suroeste de Alemania entre 1562 y 1684, muestra que el 82% de las brujas eran mujeres.
Después de las crueles torturas a las que eran sometidas, salían nuevos nombres entre los que destacaban niños de ambos sexos y los hombres. Rara vez aparecían médicos, juristas o profesores de universidad. Rarísimo era que inquisidores o clero fueran señalados. Y si alguna inconsciente denunciaba, fruto de la disuasión de las “prácticas interrogatorias”, a obispos o príncipes, ni que decir tiene que no eran detenidos o ejecutados, y que la inconsciente conocía grados insospechados de crueldad.
Se estima que 500.00 personas fueron declaradas culpables de brujería y murieron quemadas en Europa entre los siglos XV y XVII. Sus crímenes: un pacto con el diablo; viajes por el aire montadas en escobas; reunión ilegal en aquelarres; robar y comer niños; provocar todo tipo de males; mantener relaciones sexuales con íncubos y súcubos; adorar al diablo.

LOS PROTAGONISTAS

LA MISOGINIA DE LA IGLESIA
Cuando considera que el diablo ataca más frecuentemente a las mujeres. Cuando manifiesta que la naturaleza femenina más débil, les convertía en terreno bien abonado para el demonio. Cuando predica que la mujer está predestinada al mal más que el hombre, según los textos bíblicos, lo mismo que según los Padres de la Iglesia.
Es fácil recordar en el arte algunos capiteles románicos donde el diablo aparece relacionado con la mujer o en la literatura piadosa donde el diablo en forma de tentadora más o menos atractiva, se aparece a santos varones.
La idea de que “las mujeres son dadas a la hechicería”, que “cuantas más mujeres, más hechicería” y que “la mayoría de las mujeres son hechiceras” por lo que hay que acabar con ellas, se sustenta entre otras, en una cita del Exodo 22, 17, donde dice: “A la hechicera no dejarás con vida”.
En la Europa cristiana de los siglos XIV al XVII, se persiguió la hechicería como en pocas partes se ha perseguido antes y después, siendo las mujeres las más comprometidas siempre.

LAS CLASES DOMINANTES
El pánico social imperaba: granizos, pestes, hambre, guerras, pobreza extrema a quien nadie ponía remedio ni se buscaban soluciones y arrasaban las clases populares; tiempos de magia y oscurantismo donde era más sencillo buscar la explicación en prácticas satánicas. El pánico se incrementa no por las miles de brujas ejecutadas, sino por las miles o cientos de miles que seguían haciendo de las suyas. De ahí el ahínco de las clases cultas y de los jueces y magistrados por cumplir diligentemente con su deber, algunos de los cuales se jactaban orgullosos de acabar con cientos de ellas.
Mientras, sobre todo en tiempos de crisis, los reyes acudían frecuentemente a profecías y profetas, videntes femeninas en la mayoría de los casos, favoreciendo este tipo de prácticas, sobre todo si legitimaban el poder de la monarquía. Las más célebres videntes medievales Hildegarda de Bingen, Brígida de Suecia y Catalina de Siena, fueron incluso canonizadas. Sólo por curiosidad, la primera era abadesa, la segunda esposa de príncipe y la tercera religiosa.

ELLAS: LAS BRUJAS
Mesoneras, herboleras, hábiles perfumistas, fabricantes de productos de belleza, alcahuetas, sanadoras, parteras, curanderas, videntes, lesbianas2, jóvenes, niñas y cualquier pobre vieja que viviera sola y aislada. Viejas míseras económica y físicamente, desastradas, desdentadas, desgreñadas, sucias y vestidas con harapos, achacosas, a menudo con comportamientos erráticos que respondían fielmente a la imagen que de las brujas tenía la sociedad del momento, resumida en tres adjetivos: viejas, feas y desastradas.
Y cuáles fueron sus delitos. Fundamentalmente tres: todos los crímenes sexuales concebibles contra los hombres; estar organizadas y la posesión de poderes mágicos sobre la salud, tanto para curar como para provocar males.
Desgranando cada uno de ellos, la Iglesia condenaba con ansia funesta a las brujas por su condición de mujer. Asociaba la mujer al sexo y condenaba todo placer sexual, considerando que éste sólo podía venir del demonio. En las reuniones de brujas (sábat) estas eran iniciadas en el placer por el demonio, a menudo bajo la forma de macho cabrío 3, se practicaban orgías y toda variedad de aberraciones sexuales. Una vez duchas en el tema, se encargaban de extender la lujuria y de contagiar el pecado a los inocentes hombres.
Además estaban organizadas. Muchos son los autores que vinculan los inicios de la brujería con rito paganos aún no erradicados, sobre todo el culto a Diana (Julio Caro Baroja). También se agrupaban en festividades donde se intercambiaban hierbas medicinales, noticias de las aldeas, conocimientos e incluso podrían ser el germen de revueltas campesinas, fruto del descontento de la población. A todas luces suponía peligro para el poder.
Y curaban. Curaban sobre todo a las masas campesinas, que no tenían acceso ni a médicos ni hospitales. La medicina estaba en manos de hombres y se ejercía casi en exclusiva entre las clases dominantes. La medicina de los pobres y las sanadoras, se asociaba a la magia, a poderes emanados del demonio, peligrosa por tanto para el poder de la Iglesia y el Estado que procedía de Dios.
Las curanderas basaban su práctica en remedios experimentados durante años. En la observación causa-efecto, en la experimentación, en su actitud indagadora y en la aplicación de remedios poco basados en la fe y más en los resultados probados durante años. Usaban el cornezuelo (ergotina) contra los dolores de parto. La belladona para inhibir las contracciones uterinas, incluso se dice que la digitalina fue descubierta por una bruja inglesa. Muchos de estos preparados de hierbas forman parte de nuestra farmacología moderna. Bien es cierto que poseían también el poder de la sugestión, que a veces daba resultados donde no llegaba la ciencia.
Nuevamente en contra de la Iglesia, que seguía considerando los dolores de parto, el castigo divino al pecado de Eva, o el mundo fruto de la creación divina en continuo perfeccionamiento, considerando innecesaria la investigación de las leyes naturales que rigen los fenómenos físicos.
La alianza Iglesia-Estado-profesión médica alcanzó su apogeo con motivo de los procesos de brujería. Las universidades de medicina basaban su formación en estudios de Platón, Aristóteles y teología cristiana. Como ejemplo sirva que el médico de Eduardo II de Inglaterra, trataba el dolor de muelas escribiendo sobre la mandíbula del paciente la frase: “En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, Amén”. Ante tal despliegue de ciencia, las sanadoras resultaban mucho más eficaces y por ende incómodas. Por ello fue prohibido su acceso a las universidades y se prohibió el ejercicio de la medicina a aquellos que no poseyeran estudios universitarios. Ya estaban las mujeres apartadas del monopolio de la medicina (a excepción de la obstetricia hasta el s. XVIII). Y siempre quedaba el recurso, ante el error médico, de la intervención de algún hechizo fruto de brujas.
No desaparecieron las sanadoras, pero fue tal su descrédito que la medicina bendecida por Dios y la Ley era la ejercida por los hombres, y la sanación de las curanderas se adscribía al mundo de las tinieblas, el mal y la magia.
Quienes tienen el poder, tienden a perpetuarse en él, y cualquier amenaza por mínima que sea debe ser extirpada. El mundo medieval oscurantista y misógino, encontró en la hoguera un buen método de exterminio. El miedo se propagaba con mayor rapidez que el fuego y los que miraban el espectáculo desde la tribuna, se sentían satisfechos. El método era bueno, la causa era justa, el poder no peligraba. La mujer lo iba a tener muy difícil si osaban ocupar lugares a los que no estaba destinada.
Belén.



BIBLIOGRAFÍA
- Vacas, cerdos, guerras y brujas. Los enigmas de la cultura. Harris, M. Alianza Editorial, Madrid 1995.
- Casadas, monjas, rameras y brujas. La olvidada historia de la mujer española en el Renacimiento. Fernández Álvarez, M. Espasa Calpe, 2002. Págs. 314, 315.
- Las brujas y su mundo. Caro Baroja, J. Alianza Editorial, Madrid, 1988
- La voz del olvido: mujeres en la historia. De la Rosa Cubo, C y otras. Universidad de Valladolid, Secretariado de Publicaciones e Intercambio Editorial, Valladolid, 2003.
- Brujas, comadronas y enfermeras. Historia de las sanadoras. Ehrenreich, B y English, D. laSal, edicions de les dones, Barcelona, 1988.
- La herbolera. Martínez de Lezea, T. Ediciones Ttarttalo. Donostia, 2003
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